Amigos que marcan la diferencia

 

 

Dani es ese conocido que no llega a amigo.

Puede ser un compañero o ex compañero de clase, de trabajo o alguien a quien conociste en un curso de algo que ni recuerdas.

Nunca lo viste como el tipo de hombre con el que hablas y conectas. Quedas, y conectas más, y te acuestas con él.

El no tenía esa capacidad. Jamás me pasó por la cabeza.

Con Dani hablaba a veces por WhatsApp, y si lo veía por la calle, nos prometíamos un café que nunca llegaba.

Pero anoche yo estaba enfadada, muy enfadada, con el capullo de Víctor.

Estaba harta de que cancelara nuestros encuentros a última hora, harta de que fuese siempre tan imbécil.

Estaba tan harta que supe que lo mejor era discutir. Discutir sin miramientos, que no quedase posibilidad de arreglarlo.

Cortar por lo sano, aunque me muriese de ganas de verlo, pero aquello tenía que terminar.

Cuando colgué no pude evitar romper a llorar, más que de pena, de impotencia.

Me sonó un WhatsApp y pensé que podría ser Víctor, disculpándose.

Ilusa, era Dani. Quería saber qué tal en mi nuevo trabajo.

Lo que me faltaba, pensé.

Con toda la rabia del momento le dije que no estaba de humor, y le conté a grandes rasgos lo que me había pasado. Para mi sorpresa, me dijo que pasaba a buscarme en cinco minutos, que podríamos ir a dar un paseo por la playa para que me calmara y viera las cosas con perspectiva.

¿A la playa? ¿A las 10,30 pm?

Pero en seguida pensé, ¡que coño! aquí sola sólo voy a conseguir sentirme peor.

Dani llevó vino. Blanco y afrutado. Después de todo no tenía mal gusto.

Hablé, hablé y hablé y el me escuchó con paciencia. Cuando por fin terminé, empecé a llorar, y él me abrazó, y con ese abrazo algo hizo clic dentro de mi. Una sensación cálida embargó todo mi cuerpo. Y sabía a ciencia cierta que no era el vino.

Realmente hay hombres que tienen ese don. No se si lo hacen a cámara lenta, o hacen que lo parezca, pero madre mía… Sentí como se juntó cada centímetro su ser con el mío, y el sólo gesto de apoyar mi cabeza contra su pecho fue el éxtasis.

Olía tan bien… a limpio, a calidez…

El me hablaba, y sinceramente no sabía qué estaba diciendo, pero por su cadencia supuse que palabras de consuelo.

Yo sólo podía concentrarme en como susurraba cada palabra, como me acariciaba el pelo, en un gesto dulce y protector.

Cuando dejó de hablar, me concentré exclusivamente en verlo respirar. ¿Como podía ser eso tan maravilloso? Algo tan simple y a la vez tan extraordinario…

Dimos un paseo por la playa y yo sólo pensaba en abrazarlo. Pero me parecía tan fuera de lugar… Mi forma de verlo había cambiado totalmente, pero no tenía por qué ser recíproco.

Me llevó a casa. Tenía la esperanza hasta el último momento de que pasase algo,de que me enviase una señal, pero se despidió educadamente y se fue.

Entre en casa y otra vez tuve ganas de llorar, pero por un motivo diferente.

En realidad, cuántas veces nos empeñamos en algo, cuando nos esperan cosas mil veces mejores en otro lugar…

Otra vez me sonó un WhatsApp. Era Dani “¿y si vuelvo a buscarte y damos otro paseo?”

No me lo podía creer. Tenía otra oportunidad y no la iba a desaprovechar.

En cuanto llegamos a la playa le pedí que me abrazara. El no dijo nada, sólo sonrió.

Si así eran sus abrazos, como sería hacer el amor con él… Y yo quería averiguarlo, pero él me obligaba todo el rato a ir más despacio.

Empezó basándome, justo debajo de la oreja, muy suavemente y a la vez haciendo estremecer todo mi ser. Sentía su respiración cerca de mi oído. Otra vez su respiración…

Así pasamos minutos, yo diría que quizás horas, sentados en la playa abrazados, besándonos.

Me pidió que fuésemos a su casa, y yo solo recuerdo la tensión sexual del trayecto.

El iba tan despacio, obligándome a ir a su ritmo. Y era frustrante y maravilloso a la vez.

Nos tumbamos en el sofá y Dani me iba desnudando y besando cada centímetro de piel que quedaba libre.

Jugó tanto tiempo con mis pezones que pensé que me correría sin que tuviese que hacer nada más.

Intenté incorporarme, pero él no me dejó. Me dijo “no” de forma muy suave, pero yo noté la excitación en su voz.

Siguió bajando por mi abdomen y besó mi ombligo.

En cuanto llegó a mi clítoris y lo metió en su boca, moviendo la lengua suavemente me corrí.

Pero el siguió chupando, lamiendo. Despacio…

A veces se le escapaba un jadeo de placer, mientras yo no paraba de gemir.

Se dio la vuelta sobre mi. Hicimos el 69 como a mi me gusta, él encima, yo debajo.

El se movía despacio, pero yo lo obligaba a que metiera más su sexo en mi boca, y así me corrí otra vez.

Entonces volvió a darse la vuelta y me penetró. Yo estaba muy mojada.

Se movía dentro de mi mientras me besaba como en la playa. Yo intentaba grabar a fuego cada una de sus miradas, cada uno de sus gemidos.

Hasta que se corrió dentro de mi. Un orgasmo magnífico e intenso, que disfrutó jadeando con su boca junto a la mía.

A la mañana siguiente me desperté con la cabeza apoyada en su pecho observando, otra vez, como respiraba.

Dani empezó a acariciarme la espalda, el culo…

Enseguida me puse a mil, y el lo notó, porque me dijo “ya no echas de menos a Víctor, verdad” y se río

¿Víctor? ¿Quién es ese?

Publicado por Eva

Me hace feliz escribir, y doblemente feliz que te guste lo que escribo💖

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